Leopoldo Lugones
Escritor argentino
Nació el 13 de junio de 1874 en Villa de María del Río Seco, provincia de Córdoba.
Aprendió las primeras letras de la mano de su madre doña Custodia Arguello y
de ella recibió una educación católica estricta. Cursa el bachillerato en el
Colegio Nacional de la ciudad de Córdoba, en donde destacó tanto por su
aplicación como por su rebeldía. Y es en esa ciudad provinciana donde se
iniciará a los dieciocho años en el periodismo y en la literatura. Tuvo
contacto con el socialismo (fue uno de sus pioneros en Argentina), el
liberalismo, el conservadurismo y desde 1924, el fascismo. Realizó viajes por
Europa y residió en París antes de la I Guerra Mundial. De regreso a la
Argentina, fue el director del suplemento literario de La Nación y
bibliotecario del Consejo de Educación. Como poeta, se inicia en 1897 con Las
montañas del oro, con versos medidos y libres, y prosa poética, en plena
eclosión del modernismo. Esta atmósfera decadente se prolonga en Los crepúsculos
del jardín (1905) y Lunario sentimental (1909), siempre influenciado por Rubén
Darío. Su registro poético cambia luego con las Odas seculares (1910),
exaltación de las riquezas argentinas inspirada en Virgilio. Su poesía se
vuelve intimista y cotidiana en El libro fiel (1912), El libro de los paisajes
(1917) y Las horas doradas (1922). Su última manera es la poesía narrativa:
Poemas solariegos (1927) y el póstumo Romances del Río Seco. Como cuentista
escribe Las fuerzas extrañas (1906) y Cuentos fatales (1926), que desarrollan
la literatura fantástica que se liga con Horacio Quiroga y anuncia a Jorge Luis
Borges y Julio Cortázar. El relato histórico sobre la guerra de la
independencia anima La guerra gaucha y las meditaciones esotéricas de teosofía,
una olvidable novela, El ángel de la sombra (1926). En el campo de la historia
cuentan El imperio jesuítico (1904), Historia de Sarmiento (1911) y El payador
(1916). Tradujo partes de La Iliada de Homero y estudió aspectos de la Grecia
clásica en Las limaduras de Hefaistos y las dos series de Estudios helénicos.
La evolución de su pensamiento político puede seguirse en libros como Mi
beligerancia, La patria fuerte y La grande Argentina. Se suicidó en el Tigre,
cerca de Buenos Aires.
ODAS SECULARES
A los gauchos
Raza valerosa y dura
que con pujanza silvestre
dio a la patria en garbo ecuestre
su primitiva escultura.
Una terrible ventura
va su sacrificio unida
como despliega la herida
que al toro desfonda el cuello,
en el raudal del degüello
la bandera de la vida.
Es que la fiel voluntad
que al torvo destino alegra,
funde en vino la uva negra
de la dura adversidad.
Y en punto de libertad
no hay satisfacción más neta,
que medírsela completa
entre riesgo y corazón
con tres cuartas de facón
y cuatro pies de cuarteta.
En la hora del gran dolor
que a la historia nos paría,
así como el bien del día
trova el pájaro cantor,
la copla del payador
anunció al amanecer,
y el fresco rosicler
que pintaba el primer rayo,
el lindo gaucho de Mayo
partió para no volver.
Así salió a rodar tierra
contra el viejo vilipendio,
enarbolando el incendio
como estandarte de guerra.
Mar y cielo,pampa y sierra
su galope al sueño arranca,
y bien sentada en el anca
que por las cuestas se empina,
le sonríe su Argentina
linda y fresca,azul y blanca.
Desde Suipacha a Ayacucho
se agotó en el gran trabajo,
como el agua cuesta abajo
por haber corrido mucho;
mas siempre garboso y ducho
aligeró todo mal,
con la gracia natural
que en la más negra injusticia
salpicaba su malicia
clara y fácil como un real.
Luego el amor del caudillo
siguió, muriendo admirable,
con el patriótico sable
ya rebajado a cuchillo;
pensando alegre y sencillo,
que en cualquiera ocasión
desde que cae al montón
hasta el día en que se acaba,
pinta el culo de la taba
la existencia del varón.
Su poesía es la temprana
gloria del verdor campero
donde un relincho ligero
regocija la mañana.
Y la morocha lozana
de sediciosa cadera,
en cuya humilde pollera,
primicias de juventud
nos insinuó la inquietud
de la loca primavera.
Su recuerdo, vago lloro
de guitarra sorda y vieja,
a la patria no apareja
preocupación ni desdoro.
De lo bien que guarda el oro,
el guijarro es argumento;
y dede que el pavimento
con su nivel sobrepasa,
va sepultando la casa
las piedras de su cimiento.