Joseph Conrad
Novelista británico de origen polaco
Nació en Berdichev, Polonia (actualmente en Ucrania), su padre era un noble
polaco de quien heredó el amor a la literatura. Con 16 años deja Polonia
ocupada por los rusos y se instala en Marsella. Durante cuatro años navegó en
barcos mercantes franceses, luchó en España durante las guerras carlistas en
las tropas de don Carlos y estuvo al borde del suicidio por una historia de
amor. Obtuvo la nacionalidad británica en 1886; al cabo de unos años cambió
su nombre para que sonara más inglés. Navegó mucho, sobre todo por Oriente.
Sus experiencias, especialmente en el archipiélago malayo y en el río Congo
durante 1890, aparecen en sus relatos, escritos en inglés, que era su cuarta
lengua tras el polaco, el ruso y el francés. Publicó su primera novela y
contrajo matrimonio con Jessie George durante 1895.
Escribió 13 novelas, dos libros de memorias y 28 relatos cortos. Su novela
Nostromo (1904), esta considerada por muchos críticos como su obra maestra. Sus
relatos tratan de la condición humana y la lucha del individuo entre el bien y
el mal. Frecuentemente el narrador es un marino retirado -posiblemente el alter
ego de Conrad, puesto que algunas de sus novelas se consideran autobiográficas;
como su primera obra publicada, La locura de Almayer (1895).
Una de las novelas más populares de Conrad es Lord Jim (1900), en la que un
hombre se pasa la vida intentando expiar su cobardía durante un naufragio
ocurrido en su juventud. Otras obras suyas son: El negro del Narciso (1897), El
agente secreto (1907), Bajo la mirada de Occidente (1911), Victoria (1915), y el
relato 'El corazón de las tinieblas' (1902). Casi todas reflejan cierta
tristeza. Su estilo es rico y vigoroso.
Conrad murió en Bishopsbourne, cerca de Canterbury, el 3 de agosto de 1924.
Un vagabundo feliz
Todos los conversos son interesantes. Los más de nosotros, si me perdonan el
que traicione este secreto universal, nos hemos descubierto en un momento u otro
cierta disposición a perdernos por el mal camino. ¿Y qué hemos hecho, en
nuestro orgullo y cobardía? Echando miradas furtivas y aguardando el momento
oscuro hemos enterrado nuestro descubrimiento discretamente, para seguir luego
en la misma dirección de antes y esa esa senda tan transitada, que no tuvimos
el valor de dejar y que ahora, más claramente que nunca, advertimos que no es
sino el largo camino que lleva a la tumba.
El converso, el hombre capaz de gracia (hablo en sentido seglar) no es discreto;
su orgullo es de otra clase. Abandona rápidamente la senda —el toque de
gracia es casi siempre súbito— y orientándose en una nueva dirección
incluso puede hacerse la ilusión de haberle vuelto la espalda a la misma Parca.
Conversos ha habido que, por su exquisita indiscreción, han ganado inmortalidad
cierta. El ejemplo más ilustre, esa flor de la Caballería, don Quijote de la
Mancha, sigue siendo para todo el mundo el único Hidalgo genuino y eterno. Como
saben, el delicioso Caballero de España se convirtió a una fe imperativa en
una misión tierna y sublime que lo alejó del hacer y de las costumbres propias
del pequeño hidalgo provinciano. Luego sería apaleado, y con el tiempo hasta
encerrado en jaula de madera por el Barbero y el Cura, apropiados ministros de
un orden social justamente soliviantado. No sé si a alguien se le habrá
ocurrido encerrar a Mr. Luffmann en una jaula de madera. Y no lo traigo a colación
porque le desee daño alguno. Al contrario. Me considero una persona
humanitaria. Que lo tome, pues, como máxima alabanza, aunque debo decir que
merece sobradamente esa clase de atención.
Por otra parte, no me gustaría que se sintiera excesivamente halagado por el
orgullo de esa asociación tan exaltada. La grave sabiduría, la admirable
amenidad, la serena gracia del patrón-santo secular de todos los mortales
conversos a nobles visiones no son suyas. Mr. Luffmann carece de misión. No es
un Caballero sublimemente Errante. Pero es un excelente Vagabundo. Tiene mucho mérito.
Ese peripatético guía, filósofo y amigo de todas las naciones, Mr. Roosewelt,
lo excomunicaría inmediatamente con una gran vara. La verdad es que el ex-autócrata
de todos los Estados no gusta de rebeldes contra el hosco orden de nuestro
Universo. Aprovechadlo lo mejor que podáis o morid, grita. Sano sucesor en la línea
del Barbero y del Cura, y sagaz heredero político del incomparable Sancho Panza
(otro gran Gobernador) este distinguido littérateur no guarda piedad alguna
para con los soñadores. Y nuestro autor (podrán apreciarlo en sus libros)
atesora algunos sueños de no poca calidad.