Adolfo Bioy Casares
Escritor argentino
Nació el 15 de septiembre de 1914 en la ciudad argentina de Buenos
Aires. Bioy Casares comenzó a escribir a los 11 años, cuando le regaló
su primera novela a una prima de la cual estaba perdidamente enamorado.
A los 14 escribe su primer cuento fantástico y policial: Vanidad o Una
aventura terrorífica. A los 18 años, en 1932, conoce en casa de
Victoria Ocampo a Jorge Luis Borges. Iniciado muy joven con una serie de
relatos, impregnados de surrealismo y luego no recogidos en la madurez,
fundó junto a su nuevo amigo, Borges, la revista Destiempo. Juntos
escribieron varios volúmenes de novelas policiacas, mezclados con
observaciones irónicas sobre la sociedad argentina y suscritos con
diversos seudónimos: H. Bustos Domecq, B. Suárez Lynch, B. Lynch Davis
y Gervasio Montenegro. Su principal personaje es el detective Isidro
Parodi. En 1940, se casa con Silvina Ocampo y publica La invención de
Morel, que marca el verdadero inicio de su carrera literaria, con este
libro obtiene el Primer Premio Municipal. En 1954 nace su única hija,
Marta, y se publica El sueño de los héroes.
La otorgaron el Premio Nacional de Literatura en 1970 y el Premio de
Honor de la Sociedad Argentina de Escritores en 1975. En novelas,
cuentos y guiones de filmes, Bioy ha estudiado mitos clásicos revividos
en la modernidad, aspectos paranormales de la vida y la psicología del
amor. Entre sus títulos más notorios están: las novelas La invención
de Morel (1940), Plan de evasión (1945), El sueño de los héroes
(1954), Diario de la guerra del cerdo (1969), Dormir al sol (1973) y
Aventuras de un fotógrafo en La Plata (1985), y los libros de cuentos
El perjurio de la nieve (1944), La trama celeste (1948), Historia
prodigiosa (1956), Guirnalda con amores (1959), Historias desaforadas
(1986) y Una muñeca rusa (1991). Ha publicado parcialmente sus memorias
y el texto de dos filmes coescritos con Borges: Los orilleros y El paraíso
de los creyentes (1955). Le concedieron, en 1990, el Premio Cervantes.
Falleció el 8 de marzo de 1999 en Buenos Aires, a los 84 años, por
problemas de salud derivados de su avanzada edad. La muerte le sobrevino
en el sanatorio bonaerense Cemic, donde había estado ingresado durante
la última semana.
Texto extraído de Obras Completas
Cuentos I
Esa noche de junio de 1540, en la cámara de la torre, el doctor Fausto
recorría los anaqueles de su numerosa biblioteca. Se detenía aquí y
allá; tomaba un volumen, lo hojeaba nerviosamente, volvía a dejarlo.
Por fin escogió los Memorabilia de Jenofonte. Colocó el libro en el
atril y se dispuso a leer. Miró hacia la ventana. Algo se había
estremecido afuera. Fausto dijo en voz baja: "Un golpe de viento en
el bosque". Se levantó, apartó bruscamente la cortina. Vio la
noche, que los árboles agrandaban.
Debajo de la mesa dormía Señor. La inocente respiración del perro
afirmaba, tranquila y persuasiva como un amanecer, la realidad del
mundo. Fausto pensó en el infierno.
Veinticuatro años antes, a cambio de un invencible poder mágico, había
vendido su alma al Diablo. Los años habían corrido con celeridad. El
plazo expiraba a medianoche. No eran, todavía, las once.
Fausto oyó unos pasos en la escalera; después, tres golpes en la
puerta. Preguntó: "¿Quién llama?". "Yo", contestó
una voz que el monosílabo no descubría, "yo". El doctor la
había reconocido, pero sintió alguna irritación y repitió la
pregunta. En tono de asombro y de reproche contestó su criado:
"Yo, Wagner". Fausto abrió la puerta. El criado entró con la
bandeja, la copa de vino del Rin y las tajadas de pan y comentó con
aprobación risueña lo adicto que era su amo a ese refrigerio. Mientras
Wagner explicaba, como tantas veces, que el lugar era muy solitario y
que esas breves pláticas lo ayudaban a pasar la noche, Fausto pensó en
la complaciente costumbre, que endulza y apresura la vida, tomó unos
sorbos de vino, comió unos bocados de pan y, por un instante, se creyó
seguro. Reflexionó: "Si no me alejo de Wagner y del perro no hay
peligro".
Resolvió confiar a Wagner sus terrores. Luego recapacitó: "Quién
sabe los comentarios que haría". Era una persona supersticiosa
(creía en la magia), con una plebeya afición por lo macabro, por lo
truculento y por lo sentimental. El instinto le permitía ser vívido;
la necedad, atroz. Fausto juzgó que no debía exponerse a nada que
pudiera turbar su ánimo o su inteligencia.
El reloj dio las once y media. Fausto pensó: "No podrán
defenderme". Nada me salvará. Después hubo como un cambio de tono
en su pensamiento; Fausto levantó la mirada y continuó: "Más
vale estar solo cuando llegue Mefistófeles. Sin testigos, me defenderé
mejor". Además, el incidente podía causar en la imaginación de
Wagner (y acaso también en la indefensa irracionalidad del perro) una
impresión demasiado espantosa.
-Ya es tarde, Wagner. Vete a dormir.
Cuando el criado iba a llamar a Señor, Fausto lo detuvo y, con mucha
ternura, despertó a su perro. Wagner recogió en la bandeja el plato
del pan y la copa y se acercó a la puerta. El perro miró a su amo con
ojos en que parecía arder, como una débil y oscura llama, todo el
amor, toda la esperanza y toda la tristeza del mundo. Fausto hizo un
ademán en dirección de Wagner, y el criado y el perro salieron. Cerró
la puerta y miró a su alrededor. Vio la habitación, la mesa de
trabajo, los íntimos volúmenes. Se dijo que no estaba tan solo. El
reloj dio las doce menos cuarto. Con alguna vivacidad, Fausto se acercó
a la ventana y entreabrió la cortina. En el camino a Finsterwalde
vacilaba, remota, la luz de un coche.
"¡Huir en ese coche!", murmuró Fausto y le pareció que
agonizaba de esperanza. Alejarse, he ahí lo imposible. No había corcel
bastante rápido ni camino bastante largo. Entonces, como si en vez de
la noche encontrara el día en la ventana, concibió una huida hacia el
pasado; refugiarse en el año 1440; o más atrás aún: postergar por
doscientos años la ineluctable medianoche. Se imaginó al pasado como a
una tenebrosa región desconocida: pero, se preguntó, si antes no
estuve allí ¿cómo puedo llegar ahora? ¿Como podía él introducir en
el pasado un hecho nuevo? Vagamente recordó un verso de Agatón, citado
por Aristóteles: "Ni el mismo Zeus puede alterar lo que ya ocurrió".
Si nada podía modificar el pasado, esa infinita llanura que se
prolongaba del otro lado de su nacimiento era inalcanzable para él.
Quedaba, todavía, una escapatoria: Volver a nacer, llegar de nuevo a la
hora terrible en que vendió su alma a Mefistófeles, venderla otra vez
y cuando llegara, por fin, a esta noche, correrse una vez más al día
del nacimiento.
Miró el reloj. Faltaba poco para la medianoche.
Quién sabe desde cuándo, se dijo, repre-sentaba su vida de soberbia,
de perdición y de terrores; quién sabe desde cuándo engañaba a
Mefistófeles.
¿Lo engañaba? ¿Esa interminable repetición de vidas ciegas no era su
infierno?
Fausto se sintió muy viejo y muy cansado. Su última reflexión fue,
sin embargo, de fidelidad hacia la vida; pensó que en ella, no en la
muerte, se deslizaba, como un agua oculta, el descanso. Con valerosa
indiferencia postergó hasta el último instante la resolución de huir
o de quedar.
La campana del reloj sonó [...]