Pío Baroja
Novelista español
Nació en San Sebastián, País Vasco (España) en 1872. Cursó los estudios de
Medicina en Madrid, ciudad en la que vivió la mayor parte de su vida, pero
ejerció poco tiempo como médico. Fue un hombre de carácter solitario y
pesimista, características que aparecen reflejadas en sus obras. Sin embargo y
de manera contradictoria una característica del arte de Baroja es el vitalismo
que le acompañó siempre, y que es sus novelas se traduce por el gusto por la
acción.
La concepción filosófica de Baroja sufre las influencias de Kant, Shopenhauer
y Nietzsche. Baroja había comenzado a leer a Shopenhauer. Fue en él donde
encontró la horna de su zapato para su temperamento literario. Además este filósofo
dejó en Baroja una huella más honda y duradera en su profundo
anticristianismo, un rasgo de su personalidad que mantuvo intocable hasta su
muerte. Políticamente también era un escéptico. No fue partidario de ninguna
tendencia política y criticó con dureza el socialismo, el comunismo, el
fascismo... y se proclama partidario de una "dictadura inteligente".
Su primera novela fue Vidas sombrías (1900), a la que siguió el mismo año La
casa de Aizgorri. Esta novela forma parte de la primera de las trilogías de
Baroja, Tierra vasca, que también incluye El mayorazgo de Labraz (1903), una de
sus novelas más admiradas, y Zalacaín el aventurero (1909). Con Aventuras y
mixtificaciones de Silvestre Paradox (1901), inició la trilogía La vida fantástica,
expresión de su individualismo anarquista y su filosofía pesimista, integrada
además por Camino de perfección (1902) y Paradox Rey (1906).
Alcanzó la fama fuera de España a través de la trilogía La lucha por la
vida, una conmovedora descripción de los bajos fondos de Madrid, que forman La
busca (1904), La mala hierba (1904) y Aurora roja (1905). De caracter inquieto,
viajó por España, Italia, Francia, Inglaterra, los Países Bajos y Suiza, y en
1911 publicó El árbol de la ciencia, posiblemente su novela más perfecta.
Entre 1913 y 1935 aparecieron los 22 volúmenes de una novela histórica,
Memorias de un hombre de acción, basada en el conspirador Eugenio de Avinareta,
uno de los antepasados del autor que vivió en el País Vasco en la época de
las Guerras carlistas. En 1935 pasó a formar parte de la Real Academia Española,
y emigró a Francia cuando estalló la Guerra Civil española, regresando en
1940. A su vuelta, se instaló en Madrid, donde llevó una vida alejada de
cualquier actividad pública, hasta su muerte. Entre 1944 y 1948 aparecieron sus
Memorias, subtituladas Desde la última vuelta del camino, de máximo interés
para el estudio de su vida y su obra. Baroja publicó en total más de cien
libros.
Usando elementos de la tradición de la novela picaresca, Baroja eligió como
protagonistas a marginados de la sociedad. Ha servido de gran influencia en los
escritores españoles posteriores a él, como Camilo José Cela o Juan Benet, y
en muchos extranjeros entre los que destaca Ernest Hemingway.
Su obra se agrupa en trilogías, entre ellas destacan:
- Tierra Vasca: "La casa Aizgorri", "El mayorazgo labraz",
"Zalacaim el aventurero"
- La vida fantástica: "Aventuras, inventos y mixtificacions de Silvestre
Paradox", "Camino de perfección", "Paradox, Rey"
- El mar: "Las inquietudes de Shanti Audía", "El laberinto de
las sirenas", "Los pilotos de altura"
- La raza: "El árbol de la ciencia", "La danza errante",
"La ciudad de la niebla".
Fragmento de El Árbol de la Ciencia:
I
Andrés Hurtado comienza la carrera
Serían las diez de la mañana de un día de octubre. En el patio de la Escuela
de Arquitectura, grupos de estudiantes esperaban a que se abriese la clase.
De la puerta de la calle de los Estudios que daba a este patio, iban entrando
muchachos jóvenes que, al encontrarse reunido, se saludaban, reían y hablaban.
Por una de estas anomalías clásicas de España, aquellos estudiantes que
esperaban en el patio de la Escuela de Arquitectura no eran arquitectos de
porvenir, sino futuros médicos y farmacéuticos.
La clase de química general del año preparatorio de medicina y farmacia se
daba en esta época en una antigua capilla del iInstituto San Isidro convertida
en clase, y ésta tenía su entrada por la Escuela de Arquitectura.
La cantidad de estudiantes y la impaciencia que demostraban por entrar en el
aula se explicaba fácilmente por ser aquél primer día de curso y del comienzo
de la carrera.
Ese paso del bachillerato al estudio de la facultad siempre da al estudiante
ciertas ilusiones, le hace creerse más hombre que su vida ha de cambiar.
Andrés Hurtado, algo sorprendido de verse entre tanto compañero, miraba
atentamente arrimado a la pared la puerta de un ángulo del patio por donde tenían
que pasar [...].