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Padre del también pintor Juan de Juanes, Vicente Masip fue uno de los primeros en mostrarse sensible a las influencias del Alto Renacimiento, especialmente a las de Rafael, faceta en la cual destacará sobre todo su hijo. Vicente Masip pertenecía a una familia de pintores afincada desde el período Gótico en el reino valenciano. Valencia era una rica capital portuaria, con un gran volumen de barcos que anualmente introducían mercancías y novedades, e incluso periódicamente, la peste bubónica, que causó varias veces el despoblamiento de la ciudad, con las lógicas consecuencias sobre la actividad artística. Masip trabajó un estilo que arrancaba del Gótico italianizante aprendido de otros pintores que trabajaban en el área valenciana: Hernando de los Llanos, Yäñez de la Almedina, o el italiano Paolo de San Leocadio. A través de ellos y de las pinturas o grabados que llegaban vía marítima desde la cercana Italia fue como Masip aprendió las novedades del Cincuecento, que aprovechó para sus propias obras, y que transmitió a su hijo Juan de Juanes. Algunas de sus obras más representativas de este primer Renacimiento español son la Visitación y el Martirio de Santa Inés, ambas en el Museo del Prado de Madrid. |
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Santa Inés fue martirizada mediante una hoguera y siendo decapitada por un verdugo. Tan violenta imagen se halla sumamente suavizada por Vicente Masip, pintor valenciano del Renacimiento. El mayor énfasis se pone en dos puntos: por un lado en la irrupción violenta de dos caballeros que asustan a las compañeras de Inés. El autor hace alarde de su técnica a la hora de representar a los caballos: el más oscuro recorta su perfil contra su compañero, el caballo blanco. Este destaca a su vez sobre el fondo oscuro de la sala escalonada, en una alternancia de colores que resulta muy atractiva y variada. El otro foco de acción lo constituye el grupo formado por la santa y su verdugo. El hombre se vuelve hacia el rey esperando sus órdenes. Inés mira al cielo implorando a Dios. Se abraza a un cordero, cuyo nombre en latín es "Agnes" , palabra que derivó en "Inés". El cordero, por lo tanto, es el atributo de la santa, que se define como cordero de Dios ella misma, dispuesta para el sacrificio. Desde el cielo, envueltos en nubes aparecen unos ángeles que traen los símbolos del martirio a la joven: la palma y la corona. La acción se desarrolla dentro de un interior de edificio que podría ser clásico. El rey se apoya sobre un pilar de extraño corte, adornado con relieves a la manera romana. Los ropajes de los caballeros son los de la moda italiana del siglo XVI, con las mangas y los calzones acuchillados. El tondo es un hermoso ejemplo de rigor dibujístico y buen manejo del color aplicados ambos sobre los motivos iconográficos que se importaban de Italia. Forma pareja con otro tondo, titulado la Visitación, expuesto junto a él. |
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Vicente Masip trabajó durante el Pleno Renacimiento español. Fue uno de los primeros en conocer y adoptar los rasgos pictóricos de Rafael y Leonardo. La influencia más directa que encontramos en este cuadro es precisamente su formato circular, lo que nos habla de un modelo llamado tondo, que era muy utilizado por Rafael en sus escenas religiosas en las que aparece la Virgen. El tema del tondo es la Visita que Santa Isabel, madre de San Juan Bautista, realiza a María, cuando las dos se encuentran embarazadas. El momento es en el que San Juan se agita en el vientre de Isabel y ésta conoce que María será la madre del Mesías, por lo que cae arrodillada ante su prima, que la levanta dulcemente del suelo. En toda la escena predomina un tono italianizante que da modernidad a la imagen. No sólo el formato, sino la "charis" de Rafael está presente. Este es el don de la gracia, que Masip otorga a las delicadas figuras femeninas que aparecen. Tras ellas está la pareja de los maridos, con una iconografía curiosa: San José aparece como un hombre joven, moreno, cuando la manera habitual de representarlo hasta el Barroco era la de un anciano, similar al esposo de Isabel. Uno de los primeros autores en reflejar un San José joven fue Murillo en su Sagrada Familia del Pajarito. La consecuencia del encuentro entre las madres se observa en la lejanía: en mitad del hermoso paisaje umbrío del fondo, con un río que zigzaguea hacia el horizonte, se encuentran las figuras de los hijos, ya mayores, cumpliendo con sus respectivas misiones. San Juan en la orilla bautiza a Cristo, introducido hasta las rodillas en el río. La escena tiene un tinte familiar gracias a las figuras de los sirvientes que acompañan a las familias, el hombre preparando los asnillos para el viaje, y la sirvienta aguardando en la puerta de sus señores, en una casa que parece un templo romano con columnas de capiteles corintios. |